Todas por voluntad propia, o por inspiración de las películas
que vimos de niñas y los cuentos de hadas que nos leyeron muchas veces tenemos
la idea pre fabricada de que algún día llegará nuestro príncipe azul, tal vez
en un porsche blanco (ya que un caballo ahora no es tan cool).
El problema es que esas películas y cuentos eran mucho más
cortos que la vida real, y es por eso que los resumieron al punto de omitir cualquier defecto o letra
chica que pueda estar incluido en el príncipe, en el vivieron feliz por siempre
y por supuesto en la princesa, porque nadie es perfecto, ni nosotros mismo creemos
serlo.
Y es ahí cuando esa letra chica aparece que tu príncipe se
va desdibujando y tomando forma de plebeyo o incluso de sapo, y justo eso me
está pasando a mí. La princesa tricolor –ósea yo- después de una gran decepción
y guerras perdidas en este campo pensó que jamás daría una batalla más en el ejército
de cupido, pero no… Al final terminó conociendo a uno que decía reconocer que
no era príncipe, pero tampoco llegaba a ser sapo y fue así como una nueva
batalla por la conquista empezó.
Al principio estaba todo bajo control, el muro tricolor era
impenetrable, sin embargo este plebeyo encontró la manera de pasar por un atajo
directo a la vida de la princesa tricolor, y ya estando en ella apareció su
letra chica, y realmente no es tan mala, sólo que a la princesa le da tristeza
que lo que son actividades en sí positivas como trabajo y deporte, le quiten
tanto tiempo.
Él se la pasa en el despacho haciendo planes de expansión
territorial, y practicando esgrima y arco, su vida se reduce a esas actividades
y no tiene tiempo para nada, está tan ocupado que le impide acompañar a la
princesa a bailes, banquetes, ceremonias, actos de caridad, y demás compromisos
que toda pareja real podría asumir en el transcurso cotidiano de sus vidas.
Y es algo con lo que muchas veces no contamos al esperar a
nuestro príncipe, omitimos todas las ocupaciones que ha de tener para cumplir
con nuestras expectativas porque en la vida real no es solo verse a la cara,
tener un baile, un banquete, asomarse por el balcón a saludar al pueblo y ya
fin de la historia como en las películas que veíamos y cuentos que de niñas nos
leían.
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